Si hace unos meses me dicen que iba a viajar a Estambul, me habría partido de la risa sin más. ¡Qué idea más absurda! ¿Yo, en Estambul? ¿Tres horas y media en un avión, y luego todo el rato pensando en la vuelta? Ni loca, vamos.

Pues mira tú por dónde, que la vida a veces nos lleva al lugar donde tenemos que estar sin darnos ni siquiera cuenta. Lo que iba a ser en principio un fin de semana en España con mi amiga Arantza, se convirtió en un viaje a Estambul en menos que canta un gallo.

Me horroricé. Me aterroricé. Entré en pánico. Calma, Lucía, calma. Es solo un avión. Todo el mundo puede volar. Está bien. Respira hondo. Piensa en un cielo azul. Piensa en un caballo blanco. Piensa en nubes de algodón. Piensa en… Nooooo…. Ahhhh… Me mueroooo….

Quien no sienta este pánico indomable a volar que siento yo, seguramente que no me podrá entender. Y sí, llevaba tranquilizantes para el viaje, pero ni por esas.

Volamos con KLM, ruta Amsterdam-Estambul, de sábado a martes. Además del pánico al vuelo, yo ya iba con pies de plomo por aquello de que allí no se bebe agua del grifo, no se compra comida en la calle y en cuanto te sales de la zona turística nadie habla ni español, ni inglés, ni nada más que turco.

No problem. Nada que no se pueda arreglar. El alojamiento estaba en pleno centro, en una zona que se llama Fathi. En el Hotel Sapphire, con desayuno incluido y un total de 4 noches por el mismo precio de un solo día en cualquier hotel equiparable en Europa. A dos pasos de la Basílica de Santa Sofía, y a otros dos del el Palacio del Sultán Ahmed y la Mezquita Azul.

Además, para mayor seguridad, por temas de comunicación y por paranoica que es una, yo di unas clases de turco en Holanda antes de ir, y llevábamos la guía de Estambul.

¿Qué más se puede pedir?

Día 1: Estambul, primeras impresiones

Tras un vuelo muy bueno, todo hay que decirlo, que yo me he pasado subiéndome por las paredes, también hay que decirlo, aterrizamos a las 4 de la tarde en el Aeropuerto de Ataturk. Pero con las dos horas de diferencia con Turquía, aquí ya son las seis.

Estambul_desde_el_avion

Después de un emotivo abrazo a todas las azafatas, ponemos por fin pie en suelo turco (o en cualquier tipo de suelo, en general, en estos momentos me basta con pisar tierra firme…)

Ya en el aeropuerto, nos aborda un señor con uno de estos identificadores de plástico. ¿A qué hotel vamos? ¿Al Sapphire? Hombre, qué casualidad, si resulta que su shuttle bus también va a ese hotel.

Nos lleva a un mostrador donde otro señor se pone a tomarnos los datos. Pero señor, no tenemos liras, solo euros. No problem, ladies, me pueden pagar en euros.

Sacamos la calculadora. Hacemos la cuenta. Descubrimos que la cantidad en liras que nos está indicando para hacer un viaje en taxi de un par de kilómetros al centro es nada menos que la tarifa astronómica de 140 euros. ¿Quéee? Pero si esto no te lo cobran ni en Holanda por irte de Amsterdam a Maastrich. Sí, pero es que está incluido el viaje de vuelta desde el hotel al aeropuerto. No, gracias, señor. Antes hacemos auto-stop.

El señor se enfada, arruga la hoja, la tira al suelo y sale del mostrador a paso rápido, mirándonos con torva pupila y farfullando palabras incomprensibles. Welcome to Turkey.

Decidimos salir del aeropuerto y buscar si hay línea de autobús, o taxis con taxímetro o algo por el estilo.

De camino a la puerta de salida nos abordan tres o cuatro más amables señores que nos ofrecen shuttle bus a más de 100 euros. Y estamos hablando de una distancia de 10 kilómetros, en un país en que un café y un bocadillo cuestan 1 euro.

En la parte de afuera del aeropuerto hay una parada de taxis y llega otro amable señor que se ofrece a llevarnos por 20 euros. ¿Aquí habrá truco? No, no, 20 euros por las dos, maletas incluidas.

Primera lección aprendida: en cuanto aterrices en Estambul, sal por pies del aeropuerto sin mirar a derecha ni a izquierda, y busca un taxi normal con taxímetro.

Parece ser que los taxistas son dos: el que conduce y otro que debe de ser su padre, a juzgar por la edad, que le ayuda a subir las maletas al taxi.

Pero cuando arrancamos, el señor viejo se queda afuera, mete la mano por la puerta y se pone a mascullar en turco.

-Who is he? –le preguntamos al taxista.

-Nobody –nos responde con indolencia, cerrando majestuosamente la puerta lateral del taxi de forma automática.

Segunda lección aprendida: si un amable caballero se acerca a ayudarte con cualquier cosa en Estambul, no te creas que es porque es un “galansote”: suelen esperar que les des una propina.

El cambio de moneda: de euros a liras

Después de aposentarnos en el hotel, cambiamos los euros en liras.

Según nos dicen, si te tomas el tiempo de comprar y comparar algunas oficinas de cambio te dan más liras por menos euros. Nosotras no nos tomamos el tiempo, porque tampoco es una gran cantidad.

liras_turcas

Una vez nos hemos hecho con las liras, nos vamos a cenar al restaurante que ha reservado Arantza ya desde Holanda: Istanbul Otoman Kitchen. Al parecer, tiene muy buenas opiniones en Tripadvisor.

Por el camino, en cada terraza de cada restaurante nos van parando miles de camareros con la carta en la mano, intentando atraernos a su negocio. Si les dices que ya tienes plan, entonces te dicen que mañana y te dan su tarjeta.

En el restaurante Otoman lo más típico parece ser que te sirven la comida directamente de un jarrón. Sí, sí de un jarrón de arcilla que se calienta encima de unas brasas y que el camarero rompe haciendo una serie de estratégicos giros de muñeca.

No está mal. Es como un pisto de verduras, el mío en versión vegetariana, aunque me encuentro algunos trozos de carne. Y para beber, la cerveza más famosa de Turquía: Efe.

El camarero está “desolado” por lo de los trozos de carne en el plato vegetariano. Junto con los cafés, nos trae unas baklavas de postre a cuenta de la casa.

Debe de haberle caído a todo el mundo en el plato algo que no quería, porque a todo el mundo se las llevan, igual que a nosotras… That’s the spirit!

cafe_turco_y_baklava

Café turco tradicional

El café turco tradicional es lo que llamaríamos en mi tierra “café de pota”. Simplemente consiste en hacer una infusión de café hirviendo agua con café molido en una olla.

Para que salga bien, el café tiene que estar molido más grueso que el que usamos en la cafetera. Pero para ello tienen en Turquía los paquetes del famoso “Turkish coffee”, que también se puede comprar en cualquier tienda de recuerdos.

Además, es muy popular en el país leer los posos del café para adivinar el futuro. El camarero viene a mirar nuestro destino en la taza de café. No es profesional, dice, pero se le da bien.

Tras muchos aspavientos, decide que Arantza va a recibir una sorpresa el día de Año Nuevo. Y que yo voy a sufrir una gran decepción, que finalmente se convertirá en algo positivo.

Este no me está leyendo el destino: me está leyendo la historia de mi vida.

leyendo_los_posos_del_cafe

Hace una noche preciosa. Bajamos por la calle donde está el Otoman Kitchen, y llegamos a la plaza donde a un lado está la Basílica de Santa Sofía, y al otro la Mezquita Azul, con una fuente de agua de colores en el medio.

Nos quedamos catatónicas. A mí hasta casi se me olvida que tengo que volar de vuelta a Holanda dentro de tres días.

Mezquita-azul-noche

Esta es una vista de la Mezquita Azul iluminada. Yes, it`s true, la imagen es malísima: están hechas todas con el móvil. Pero no importa. We made it! Here we are, Istanbul…

Día 2: el Free Tour y un pequeño viaje a Asia

Estambul digamos que tiene tres partes diferenciadas. En primer lugar, separadas por el Bósforo, al Este está la parte asiática y al Oeste la parte europea.

Pero a su vez, la parte europea está atravesada por un río xxxx que distingue la zona antigua al Sur, donde están el Palacio del Sultán, Santa Sofía, Mezquita Azul, Gran Bazar, etc. y al Norte la zona moderna.

Nosotras estábamos al Sur de la parte europea, es decir en el casco histórico.

Para pasar del Sur al Norte de la parte europea de Estambul, hay una serie de puentes que cruzan el “Cuerno Dorado”. Los que nosotras teníamos más cerca eran el puente Ataturk y el puente Galata. Estos se pueden cruzar caminando tranquilamente, y además hay unas vistas preciosas.

Para cruzar el Bósforo y llegar de Europa a Asia o viceversa, el puente ya es bastante más largo, está prohibido pasar caminando y además hay que pagar 10 liras cada vez que lo usas (ida y vuelta incluidas).

Por la mañana, nos vamos al Free Tour en español, que comienza en la plaza Sultanahmet. En el centro de la plaza hay una fuente que por la noche se ilumina con luces de colores, y unos pequeños jardines.

Santa_Sofia

Hay unas vistas espectaculares: a un lado la Basílica de Santa Sofía y al otro la Mezquita Azul.

guia_free_tour

El guía, que lleva un paraguas rojo para que no le perdamos de vista, nos va mostrando los hotspots más interesantes del centro de la ciudad, a la vez que nos explica cosas del país antes y ahora.

Un poco de historia…

Turquía no se llamó Turquía hasta 1923. Antes de eso era el Imperio Otomano. En ese momento el país dejó de ser una monarquía gobernada por un sultán y pasó a convertirse en república. El último sultán otomano, Mehmet VI, fue destronado cuando accedió al poder Mustafá Kemal, al que se le puso el sobrenombre de Ataturk o “padre de los turcos”.

Fue también en ese momento cuando Estambul, la antigua Constantinopla, dejó de ser la capital de Turquía y pasó a serlo Ankara. Dato muy interesante, porque si no lo llega a decir, algunos ni nos habríamos dado cuenta de que hoy día la capital no es Estambul.

Basílica de Santa Sofía (AyaSofya)

Esta antigua iglesia ortodoxa data nada menos que del año 360. En el año 1453, cuando los otomanos conquistaron Constantinopla, pasó a convertirse en mezquita. Desde 1931 ya no está adscrita a ningún credo. Hasta hoy en día sirve como museo. 

Evidentemente, después de tantos avatares, este templo consagrado en un principio a la sabiduría, ya no es el original. La construcción actual es en realidad la tercera iglesia. De la original, que se quemó, no se conserva nada, pero de la segunda todavía se conservan algunos bloques. 

Mezquita Azul (Sultan Ahmet Camii)

En realidad es la Mezquita del Sultán Ahmet, pero se conoce así por sus trabajos de mosaico azul en el interior. Comenzó a construirse en 1609, por orden del sultán Ahmed I.

La Mezquita Azul es una de las pocas que cuenta con seis minaretes. En la época en que se construyó, la única mezquita que tenía seis minaretes en el mundo islámico era la Gran Mezquita de la Meca, donde se encuentra la Kaaba. Aquello constituyó un escándalo. ¿Quién se creía el sultán para que su mezquita tuviese tantos minaretes como la Kaaba?

La solución del sultán: mandó construir un séptimo minarete en la Gran Mezquita, y así se acabó el problema.

Esta mezquita no la hemos visitado en este viaje. No hay que pagar entrada, porque es una mezquita en funcionamiento y no se puede recaudar dinero por entrar en las mezquitas. Pero las colas que hay son impresionantes, y como además estaba en construcción en este momento, nos contentamos con admirarla desde afuera.

Palacio del Sultán (Topkapi Sarayi)

Literalmente, el nombre significa “Palacio de la Puerta de los Cañones” y fue construido entre 1459 y 1465 por orden del Sultán Mehmed II.

Este palacio fue el centro administrativo del Imperio Otomano hasta finales del siglo XIX. Dentro del recinto amurallado hay varios edificios separados por patios.

La cisterna de la ciudad (Yerebatan Sarnici)

Se trata de una gran cisterna subterránea, que abastecía de agua potable a la ciudad. Data de los tiempos bizantinos y se encuentra a un lado de la Basílica de Santa Sofía. Se puede visitar por dentro pero la verdad es que nosotras no lo hemos hecho. Si vas a estar más tiempo en la ciudad (¡y te interesan las cisternas bizantinas!) quizás sí, pero nosotras preferimos dedicarnos a tareas más mundanas.

El hipódromo romano

Hoy en día ya no hay tal hipódromo, solo un pequeño quiosco donde se marca el inicio de las carreras y una columna que marca el final.

Este es el último punto de interés que nos explica el guía, pero a estas alturas ya estamos tan saturadas de ruinas históricas que solo deseamos que el hombre se calle de una vez y nos deje ir a tomar un bocata y una Coca-Cola. ¡Así de frívolas son algunas!

El free tour, como su nombre indica, es gratuito, pero al final todo el mundo le deja una propina al guía.

Al despedirse, él hace una serie de recomendaciones al grupo: otros lugares para ir a comer en el centro, visitar unos baños turcos (hamam), y explicaciones prácticas sobre cómo desplazarse por la ciudad en tranvía con la tarjeta de transportes.

Otra de las cosas que parecen ser un éxito entre los turistas es un paseo en barco por el Bósforo. Estos barcos turísticos que realizan estas excursiones van haciendo paradas en diferentes sitios de la ciudad, tanto en la parte europea como en la asiática.

Nosotras no lo hicimos, pero muchos del grupo se apuntaron para el día siguiente.

El reencuentro con Kübra

Nada más despedirnos del guía y del grupo, nos subimos en el primer taxi que pasaba por allí para que nos lleve a la parte asiática de la ciudad, al restaurante Erbap, que es de la familia de mi amiga Kübra.

Conocí a Kübra en Granada en unos cursos de verano hace más de 15 años, y no nos habíamos vuelto a ver desde entonces. ¡Esta ha sido uno de los momentos más intensos de este viaje inesperado!

Y menos mal que fui a dos clases de turco en Holanda, porque este taxista no habla ni una palabra ni de español, ni de inglés ni nada más que turco. Como además en su día tuve un noviete turco, quedo oficialmente instituida como la intérprete oficial del taxi.

El hombre se pone la dirección del restaurante de la familia de Kübra en su GPS y con ayuda de la “chuleta” donde llevo apuntadas frases míticas, le voy dando charleta en turco (o esa es al menos mi intención, “hablar” en turco).

Primero pasamos un túnel que nos lleva a la parte Norte del Estambul europeo. Después de un rato de sightseeing por los barrios de Galata, Kabatas y Besiktas, llegamos al gran puente que divide Asia y Europa. El día es precioso. ¡5 de noviembre y en manga corta!

Llegamos al Erbap Café, que abajo es una pastelería alucinante y en la planta de arriba es un restaurante con terraza y unas vistas increíbles al Bósforo. En la foto, al fondo, se ve uno de los puentes que unen las dos partes de Estambul.

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En ese momento experimentamos también lo que es la hospitalidad turca, y que es propia también de otros países de la zona. La mesa que nos han reservado es la que tiene las mejores vistas. El menú que nos sirven es como para un convite de boda. 

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A los postres baklavas, café turco y el arroz con leche al horno que se llama sütlaç. Por supuesto, invitadas a todo, y además, al despedirnos, el padre de Kübra nos da una bolsa para llevar con más arroz con leche.

postres_estambul

Volvemos con Kübra por el puente que une Asia y Europa. Para pasar por aquí, hay que pagar 10 liras a la ida, aunque la vuelta es gratis. Y la gente que vive en un lado de la ciudad y trabaja en el otro tiene que pagarlas todos los días. No es que sea una gran fortuna (10 liras son algo menos de 2 euros) pero a diario, y acorde con el nivel de vida de Turquía, a final de mes sí que supone un buen peñizco al bolsillo.

El hamam, balneario a la turca

Después nos vamos al hamam del hotel, o sea los baños turcos con vapor de agua. Evidentemente, si lo que quieres es experimentar un hamam en todo su esplendor, el mejor no es el que hay en un hotel.

Al igual que cualquier balneario europeo, los hay más económicos pero también los hay de lujo. Los puedes encontrar desde 20 euros por persona hasta 100 o más. Y es que eso es algo universal: si lo que buscas es lujo, tienes que pagar por él.

Probando la sisa o pipa de agua

Por la noche, todavía nos sobra tiempo para acercarnos a una de las terrazas de enfrente del hotel para tomar unos cócteles y probar una sisa: la pipa de agua que todo el mundo fuma allí en los bares.

Estas pipas vienen en la carta como una parte más del menú. Se pueden pedir como si fuesen un café. Y además, igual que uno elige el sabor del té, se elige el sabor del tabaco que lleva dentro. En nuestro caso era de manzana con menta.

pipa_de_agua

No esta mal la experiencia para probar peeeero… creo que con una vez en la vida ya suficiente.  😆 

Día 3: El Palacio del Sultán y de compras por Taksim

Por la mañana visitamos el Palacio del Sultán Ahmed, que como comento más arriba, fue el centro administrativo del Imperio Otomano entre los siglos XV y XIX.

En la visita se van señalando los edificios según vas pasando los patios: Primer Patio, Segundo Patio, etc. En el lado izquierdo se encuentran los edificios del harén, que se visitan aparte, y para los que hay que comprar otra entrada. Nosotras el harén no lo visitamos, porque la verdad es que después de pasarte toda la mañana recorriendo salas del palacio ya estás saturada de visita, y no deja de ser “más de lo mismo” (¡Qué lejos hemos estado de sufrir el “Síndrome de Standhel”, me temo!).

Las tres partes del palacio que a mí en particular más me han llamado la atención fueron las Cocinas Reales, la Sala de la Circuncisión (¡Diosssss!) y la Sala de las Santas Reliquias (en esta última hay hasta pelos de la barba de Mahoma, o eso dicen…).

cafe_palacio_sultan

Detrás del palacio, al terminar la visita, hay una mini-mezquita con vistas al Bósforo, y debajo una pequeña cafetería con una plataforma situada encima del agua. Para mí, el mejor momento de la visita, he de confesar.

De compras por Istikal Caddesi

Por la tarde, nos vamos de compras a las calles comerciales del barrio de Taksim. En el centro, cogemos el tranvía que iba a Kabatas. Para ello tuvimos que comprar una tarjeta de transporte público, toda un show.

Estas tarjetas se compran en una de las máquinas expendedoras que se encuentran en las paradas del tranvía. Pero las instrucciones que salen en la pantalla están en turco, y mis clases de turco no han dado para tanto, así que mejor preguntarle al primero que pase por allí para que te ayude.

La tarjeta cuesta seis liras, y es recargable. Nosotras metemos 20 liras, con lo que nos quedan 14 dentro del chip para ir pagando los viajes. Además, con una misma tarjeta pueden viajar dos personas.

Nos bajamos en la estación de Kabatas y allí mismo cogemos el funicular a la Plaza Taksim. La tarjeta que se usa para pagar los billetes del funicular es la misma que la del tranvía.

Desde allí localizamos la calle de las tiendas, Istikal Caddesi, y nos metemos de cabeza a comer en el primer sitio que encontramos.

No es un sitio tan “turco” sino que podría haber pasado por cualquier restaurante de barrio español, con mesas con manteles de papel blanco, sillas de madera y tubos fluorescentes.

Pero eso sí, el menú igual que en cualquier otro sitio. Y no es una crítica, supongo que a los extranjeros España les resultará un poco parecido si van a un restaurante tradicional. Pero el caso es que en Estambul, al menos por las zonas en que nosotras nos hemos movido, no hemos visto ninguna opción alternativa en forma de pizza, pasta. ..

¡Y no digamos ya cosas más rebuscadas como sushi o tortilla de patatas!

Nos tomamos una crema de verduras con lentejas naranjas que es muy típica de allí (Mercemek Corbasi Kirmizi), hummus, un pan turco con queso y de postre, por supuesto, el arroz con leche al horno (el famoso sutlaç) y el café turco tradicional “de pota”.

mezemek_crema de lentejas

Y todo ello por unas 15 liras por persona, vamos que no llega a los 5 euros. ¡Increíble!

Las siguientes dos o tres horas las dedicamos al trago ineludible de ir de compras, cosa que las dos odiamos.

Yo, la verdad, no entiendo qué tiene de divertido ni ir de compras ni a la peluquería, ni a la manicura, ni ninguna de esas cosas que se asocian tradicionalmente con “la feminidad”.

En la segunda tienda, ya empezamos a sudar. Aparte de que allí, nadie habla inglés, y los que supuestamente lo hablan solamente saben decir palabras sueltas.

Finalmente nos compramos dos pares de vaqueros por barba, a unos 6 euros al cambio por par, unas camisetas para los niños y alguna que otra cosilla, y aunque todavía estábamos pensando en comprar un bolso, nos damos por satisfechas y seguimos caminando hasta el final de la calle.

Por el camino, a la izquierda según descendemos (sí, porque aquello se va haciendo cada vez más empinado) nos encontramos con el edificio del Liceo Galatasaray, lo que nos indica que ya vamos saliendo del barrio de Beyoglu  y acercándonos a la torre Gálata, que da nombre a uno de los tres equipos de fútbol más famosos de la ciudad.

Un poquito más adelante, también a la izquierda, nos encontramos con una iglesia católica no muy grande: la Iglesia de San Antonio. No sé por qué, nos da por entrar a verla por dentro, para descubrir que es exactamente igual que cualquier iglesia católica en cualquier parte del mundo. Antes de irnos, le encendemos un par de velitas a San Antonio, para que nos ayude a volver con salud a Estambul en el futuro.

Bueno, rectifico: yo le enciendo las dos velitas, que se pueden comprar allí mismo a un señor en una especie de cabina de portería. Aranza más bien se limitaa mirarme con cara de “A esta le ha sentado mal tanto café turco”. En fin, que una tiene derecho a sufrir de vez en cuando su porción de arrebato espiritual, ¿no?

Galip Dede Caddesi y el espíritu bohemio de Estambul

La calle se termina en una parada de tranvía y se divide en dos más estrechas: Sahkulu a la derecha y Galip Dede a la izquierda. Y aquello sí que es ya una cuesta importante, con calles empedradas.

Nosotras nos metemos por Galip Dede, una callejuela empinada que parece peatonal, pero no lo es. Descubrimos que aquí el panorama cambia totalmente y nos estamos adentrando en un barrio bohemio.

Barrio_bohemio_Estambul

Más tarde nos enteramos de que Galip Dede, quien da nombre a la calle, era un poeta del imperio otomano. Y que esta calle se conoce como “la calle de los músicos”, por la cantidad de tiendas de instrumentos musicales. No solo instrumentos musicales turcos, sino guitarras eléctricas, baterías, teclados electrónicos y demás.

Además, hay tiendas de artesanía, librerías “de viejo”, tiendas de ropa vintage. Los cafés son más íntimos, orientales. Abundan los “graffitis” en los muros de los edificios. Es como entrar en otro mundo dentro del cliché que ya habíamos dado como “válido” sobre lo que tenía que ser Estambul.

graffiti_estambul

En una zona tan artística no podían faltar los estudios de tatuajes y de piercings. Mientras mi amiga mira unas camisetas en un pequeño túnel de tiendas, yo voy a que me arreglen uno de los piercings de la oreja, que se me ha caído, y casi me acaban perforando el lóbulo por cuestiones de “lost in translation”.

Lo que nos recuerda que en estos casos hay que aplicar siempre la siguiente máxima: ¡Nunca te fíes de lo que traduce del español al turco el Google Translator! (ni en ningún otro idioma, seguramente).

La Torre Gálata (Galatasaray)

A través de esa calle, llegamos a la torre Galata. Justo a sus pies, encontramos una terraza muy bonita con una serie de tiendas de recuerdos enfrente. Atención: aquí los imanes para la nevera, postales y todas esas cosas tipo souvenirs son bastante más baratos que en las tiendas de la zona turística.

Torre_Galata_Estambul

Seguimos bajando y llegamos a Kalakoy, desembocando en el puente Galata (Galata Koprüsü), que cruza el “Cuerno Dorado” al casco antiguo de Estambul.

Cruzamos caminando y vemos un montón de pescadores en la barandilla. También hay barquitos con terrazas flotantes que son restaurantes, y un pequeño puerto donde se cogen los barcos que dan paseos turísticos.

A la izquierda del puente vemos Santa Sofía iluminada, y a la derecha, en lo alto la Mezquita de Suleyman (Süleymaniye Camii). ¡Todo un espectáculo!

El Bazar Egipcio o Bazar de las Especias

Ya al otro lado del puente, en la zona Sur de Estambul, cruzando la calle principal nos encontramos de bruces con el llamado Bazar Egipcio o el Bazar de las Especias. Como su nombre indica venden esos clásicos molinillos con especias, pero también otras cosas de comer como “delicias turcas”, frutos secos, juegos de tacitas y platos, diferentes clases de té…

En los alrededores del Bazar, que es cubierto, también hay otras tiendas tipo mercadillo al aire libre. Y justo al lado del bazar se encuentra la Nueva Mezquita, que más que una atracción turística es simplemente un lugar de culto. Pero, ya que estamos, decidimos entrar a verla.

Además tiene su encanto eso de que, además de que tienes que descalzarte, hay que ponerse en la cabeza el pañuelo, la bufanda o si lo prefieres una bolsa de plástico, con tal de que te tapes el cogote. ¡Cualquier cosa vale!

Yo creo que es un poco por hacer el “paripé”. Pero eso es solo si eres mujer. Los hombres con que se quiten los zapatos, ya vale. En este sentido, es recomendable que lleves en tu atuendo algo que puedas usar para cubrirte. Si no, te tendrás que poner en el pelo unos trapos azules que te prestan a la puerta… que muy limpios no deben de estar en vista del uso que les dan durante todo el día…

Por el camino en las callejuelas desde el Bazar al hotel nos encontramos con una serie de barecitos que son como las panaderías turcas que hay en Holanda, aunque aquí en Estambul no tienen a la vista ese clásico palo giratorio donde asan la carne.

Como ya nos ha dado tiempo de comprobar en tan solo dos días, en Estambul da igual si vas a un restaurante de 5 estrellas o a la tienda de kebabs de la esquina: la comida es toda la misma. Cambiará la calidad, eso sí. Pero como yo tampoco como carne, pues me da un poco igual. Y a Aranza le gusta probar las especialidades locales, que no están hechas para turistas.

En este barecito cenamos muy bien, no tengo ni idea de qué, algo con berenjenas, queso, y Aranza también estas albóndigas turcas un poco aplanadas que se llaman “köfte”.

De postre, no tienen sütlaç. Tratan de convencernos de que probemos una especie de bizcocho remojado en miel, pero no cuela. Nos traen el consabido “kahve” y mientras tanto vemos volver a la hija del dueño con una bolsa de plástico: nos trae el arroz con leche de otra tienda. I love Istanbul!

Día 4: Mezquita de Suleimán, Gran Bazar y vuelta a casa

Por la mañana, vamos a ver la Mezquita de Suleimán. Lo más bonito de esta mezquita no es su interior, sino los jardines que la rodean y las impresionantes vistas que tiene del llamado “Cuerno Dorado” desde lo alto.

El Bazar de las Especias y el Gran Bazar

A la vuelta, nos metemos por las calles del mercadillo que están alrededor del Bazar de las Especias y el Gran Bazar. En este último puedes encontrar pañuelos, chaquetas de cuero, guantes, bolsos, ropa de imitación tipo “Gucci”, “Armani” y demás pero la verdad es que no deja de ser solo una curiosidad turística.

Nosotras nos metemos en otro bazar, más pequeño y menos internacional. Pero encontramos algunas cosas interesantes, como un par de pashminas a un módico precio.

bazar_estambul

A estas horas, yo ya me encuentro al borde del colapso: en un rato nos vamos al hotel a recoger el equipaje, nos llevan en su shuttle bus (¡5 euros por persona!) y tenemos que VOLAR de vuelta a Ámsterdam. ¡Con el pánico que me da!

Entramos en un barecito de kebabs y después de mirar la carta con lupa, veo que solo tienen cosas con carne. Escojo una al azar, una especie de burrito de pollo (tavuk dürum o algo así) y le digo: tavuk dürum, no tavuk. O sea, burrito de pollo, sin pollo. Pero no cuela. El señor me contesta que “no tavuk, no dürum”.

En fin. Siempre nos quedará el arroz con leche.

Antes de volver al hotel, nos paramos en una de esas pastelerías elegantes que por la calle Ankara, y ahí sí que me entran de vicio un sutlaç y el último kahve turco de la temporada.

Ahora ya nos podemos ir. Toca recoger, llegar al aeropuerto de Ataturk y volar. ¡Pero quizás volvamos algún día!

Recomendaciones/Observaciones:

Cambio de moneda: nosotras lo hicimos en el aeropuerto, pero al parecer sale más barato si esperas a llegar a la ciudad y buscas una tiendecita de cambio de moneda. El taxista del aeropuerto aceptaba euros, así que se puede llegar al centro sin haber cambiado antes las liras.

No beber agua del grifo: ¿es realmente tóxica o simplemente no tiene buen sabor, como en Valencia? Por experiencia propia, el problema es solo el sabor. Lo primero que hizo Lucía nada más llegar a Estambul, fue beberse sin darse cuenta el vasito de agua que te ponen con el café. Al ver que yo no me ponía verde ni me salían antenas ni nada, Aranza también bebió. Al final, aunque sí pedíamos agua en botella con la comida, también nos bebíamos los vasitos que te ponen con el café, etc.

¿Hablan español/inglés?: En la zona turística sí que hablan algo de español o inglés en los restaurantes o en las tiendas. Fuera de ahí, no. Lo mejor, una guía de conversación, el google translator y para los precios, la calculadora del móvil.

De compras en el Gran Bazar: la verdad es que no merece la pena. Es un sitio agobiante, que no deja de tener lo mismo que hay en todas partes pero más caro. La zona de compras es Taksim.

Gatos: ¡Estambul está llena de gatos callejeros! Pero como nos dijeron a nosotras: no es que los gatos no sean de nadie, es que son de todo el mundo. De hecho, la gente de los restaurantes les pone agua y comida. Están acostumbrados al trato y se dejan acariciar encantados de la vida. Hay un documental sobre siete gatos reales que viven en Estambul. Se titula Kedi, y en él puede apreciarse la relación que tienen los habitantes de la ciudad con los gatos.

Especial para fumadores: nada más aterrirzar, busca la Duty Free del aeropuerto y cómprate un par de cartones. A mí 2 cartones de Lucky, o sea 20 paquetes, me salieron por 23 euros. Además en el aeropuerto se aceptan euros, no es necesario haber cambiado antes a liras. Los que te sobren los puedes llevar a la vuelta, pero solo hasta 10 paquetes (1 cartón) por persona.

Tarjeta de transportes: se puede sacar en un expendedor que hay en las paradas del tranvía. Y mejor que te ayude algo porque las instrucciones de la máquina están en turco. La tarjeta cuesta 6 liras, y se puede recargar. También pueden usar varias personas la misma tarjeta.

Bares y restaurantes: Lo dicho, en Estambul no es fácil encontrar una pizzería, un bar de sushi o ni siquiera un simple McDonnalds. Los restaurantes y barecitos sirven sobre todo comida tradicional. Además, parece que no todos tienen licencia para vender alcohol, pues en muchos no se puede pedir cerveza ni vino.

Mis favoritos forever en Estambul han sido el café turco, la crema de verduras con lentejas y el arroz con leche. 

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